La tradición del Cristo de la banda o de Herrera. José Ramón López de los Mozos (transcripción y notas). Cuadernos del Baile de San Roque, nº 9, p.39-42.

January 7, 2005


Al proceder a la limpieza del desván de una casa, en Guadalajara capital, apareció un papel -un pliego de papel de barba doblado en cuatro partes y escrito a mano por ambas caras- en el que se relata la tradición, posiblemente con variantes, del Cristo de Banda o de Herrera. Parece copia de un escrito anterior, puesto que el copista incurre en numerosas faltas de ortografía, que hemos corregido, posiblemente debido a la mano de un sacerdote o en todo caso de una persona culta, ya que algunas expresiones parecen así denotarlo.

Dicho manuscrito nos fue prestado por don Mariano Abad, a quien quedamos agradecidos.

Transcribimos dicha leyenda, a la que se han añadido algunas breves notas explicativas:

«En las estribaciones de la Sierra de Albarracín, próxima a las minas de Ojos Negros (Teruel), existió una antigua aldea llamada Herrera(1); su nombre da motivo a creer que en las pasadas edades fue populosa y rica por sus yacimientos de hierro, cobre y otros, tal vez antes utilizados, como actualmente los extrae la industria minera; sin embargo, a mediados de siglo diez y siete en que aún subsistía(2) , nos la presenta la tradición como una aldehuela insignificante, pobre, de fama non santa. Sus escasos y odiados vecinos, compaginaban sus habituales ocupaciones entre la guarda del ganado, la caza, la tala de leña abundante y el bandidaje, tampoco escaso. Digo esto(3) porque aquellos montañeses tenían fama de crueles y bandoleros: con frecuencia desvalijaban, cuanto menos a cualquier infeliz labriego de los muchos que para llevar los cargamentos de madera en bruto o labrada, a los lugares limítrofes, tenían la mala suerte de atravesar, poco precavidos, aquellas abruptas montañas.

Era opinión general entre los ancianos de la comarca, que todas estas tropelías no quedarían sin su merecido castigo, y, así la divulgaban en romances y copias populares, diciendo como en la siguiente:

Mira bandolero mira,
Que Dios en el cielo está;
Si no temes a su ira,
El castigo ya vendrá.

En efecto, éste no tardó mucho en venir: una horrorosa epidemia se extendió rápidamente entre los bandoleros de Herrera; en pocos días murieron todos; y como si esto no fuera suficiente siguiéronse después fuertes sacudidas sísmicas que derribaron las casas de la infame aldea, como también fue destruida la pequeña iglesia de la que sólo quedaron las cuarteras, los muros y el altar mayor donde se veneraba una devota y antiquísima imagen de Jesús Crucificado(4).

Dije que murieron todos, y debo rectificar: sobrevivió a estas horribles catástrofes un hombre justo, un pobrecito pastor -la tradición no nos conserva su nombre- que al atardecer, y después de cerrar su ganado en la majada, iba todos los días a despedirse del Cristo rezando sus devociones a la puerta de la solitaria iglesia de Herrera.

¡Cuál no sería su sorpresa cuando al regresar una tarde de la montaña yerto de frío, empapado de agua y a la vez temeroso ante los formidables truenos de una desencadenada tormenta, encontró destruido el humilde templo! Sin embargo, allí estaba su Cristo bendito, con el altar que le servía de dosel intacto: arrodillase instintivamente sobre los escombros, llorando cual otro Jeremías sobre los de Jerusalén, rogó por las desgraciadas víctimas, dio rendidas gracias al Señor por haberle librado misericordioso de aquel castigo y atemorizado con lección tan severa allí pasó la noche junto a la venerada imagen, refugiado y seguro. Al día siguiente esperábale otra sorpresa: desde la destruida iglesia situada en la falda de la montaña, divisábase un extenso valle, parecido a un brazo de mar; todo estaba anegado, cortada la comunicación con los pueblos inmediatos, ignorantes de semejantes desgracias, nada podía saberse.

¿Qué hacer? En tan crítica situación, acudió el humilde pastor a su paño de lágrimas:
-¡No puedo, Señor, pasar el valle!

Entonces la crucificada imagen desclavando su mano derecha, y tomando la toalla que pendía de la cruz se la ofreció al afligido pastor y le dijo:

-Toma, hijo mío, mi banda; extiéndela sobre las aguas y atravesarás el valle sin peligro.

Así sucedió. Desde aquella fecha memorable hasta nuestros días, se conoce y venera la milagrosa imagen con la advocación del Santo Cristo de la Banda.

Cerciorados los pueblos próximos a Herrera, por el relato del privilegiado pastor, de todo lo sucedido, acudieron en masa pasadas las inundaciones de la vega para trasladar procesionalmente la mencionada imagen, no sin haber resuelto antes serias dificultades sobre el pueblo al que debía hacerse la traslación de la misma.

Dos se la disputaban por su proximidad: Ojos Negros y Pozuel del Campo. La cuestión se resolvió a favor del primero y el Cristo fue trasladado a su iglesia parroquial. Más tarde edificase una espaciosa ermita en el término del pueblo favorecido, no muy distante de la destruida villa de Herrera, y en ella se venera en la actualidad el Santo Cristo de la Banda. Son numerosas las personas que le visitan.»

(1) Una de las cuatro dehesas de Ojos Negros, de unas 500 fanegas de tierra, según Madoz, Pascual, Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar, tomo XII, Madrid, 1849, p. 225, voz Ojos Negros.

(2) El pueblo de Herrera o Ferrera de Ojos Negros fue aniquilado en 1356 a raíz de la guerra con Castilla. SEBASTIÁN, Santiago, “Apuntes y anotaciones para el viaje iconográfico por la comarca del Jiloca”, Revista Xiloca, (Calamocha, diciembre de 1995), p. 20, Este tipo de acciones “milagrosas”, entre imágenes y, generalmente pastores, se da en numerosas leyendas, así como el de la destrucción o desaparición de poblados. Véase a este respecto CABRILLANA, Nicolás, “Los despoblados en Castilla la Vieja”, Hispania, 119 (1971), pp. 527-582.

(3) Desconocemos el autor de este trabajo que aquí habla en primera persona. No obstante, pensamos que esta “leyenda” está basada en sus pasajes principales en la que refiere el M. R. P. M. Fr. Roque Alberto Faci, en su obra Aragón,/Reyno de Christo,/y dote/de Maria Ssma./fundado/sobre la columna immobil de nuestra/Señora en su Ciudad de Zaragoza./Aumentado/con las apariciones de la Santa Cruz,/…. Zaragoza, 1739, pp. 84-85, acerca del Santo Crucifixo/De la Santa Cruz, en el lugar de Ojos/Negros:
“Distante como tres quartos de dicho Pueblo avia una Hermita , aquí fundada de tiempo inmemorial, donde se venerava el S. Crucifixo con el titulo de Santa Cruz: en esta Hermita por las noches se albergava un devoto, y humilde Pastor, descansando assi con el favor de aquel Divino Señor, cuya Passion meditava frequente: como un día, al passar un arroyo, las aguas venciessen, y arrebatassen al devoto Pastor, invocó al Santo Crucifixo, su huesped, y vió, que este Señor, quitándose una Vanda, que le avia ofrecido la devocion, se la alargava, para que se assiera à ella, y saliera libre del peligro evidente, en que se hallava: libre de este, bolbiendo a la Hermita, como acostumbrava, reparó, dando gracias al Señor, porque lo avia sacado del riesgo, que la Venda, con que se adornava el S. Crucifixo, estava mojada, y ser la misma, a que asido, se avia librado del arroyo.”

(4) La imagen parece de mediados del siglo XIV y la ermita fue mandada construir por Bernardo Matheo, hijo del pueblo y obispo de Tarazona, en el siglo XVIII. SEBASTIÁN, Santiago, op. cit,, p. 20. Un brevísimo dato sobre esta ermita en LÓPEZ SELTRÁN, J. J., Síntesis histórica de mi tierra. Señorío de Molina, sus sexmas y pueblo de El Pedregal, Valencia, Ed. F. Doménech, S. A., 1980, p. 75.

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La Revista Cuadernos del Baile de San Roque o Revista de Etnología puede ser consultada en:

roble.unizar.es

Hemeroteca de la Biblioteca Pública de Zaragoza.

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