Feliz cumpleaños
Con ocasión de su 92 cumpleaños hemos querido entrevistar a Tomás García López, para que nos cuente un poco cómo era Pozuel por aquellas primeras décadas del siglo XX en que pasó su niñez y juventud. Los tiempos han cambiado, muchas cosas no tienen que ver con las de antes (felizmente, en la mayoría de los casos), pero hay otras que por mucho que cambien las costumbres y las formas de vida, permanecen iguales.
Háblanos un poco de tu nacimiento y familia.
Nací en el año 1913, el 30 de agosto. Mi padre se llamaba Angel García y mi madre, Baltasara López. Los dos eran de Pozuel. Yo era el segundo de cuatro hernanos: la primera, Isabel, que hoy tiene noventaicuatro años; después, Martina; luego, yo, y la última, Elvira, que murió con cuatro años. Por entonces, era no era raro que los niños muriesen de pequeños porque no había penicilina ni nada de eso. Los cuatro nacimos en la venta porque nuestros padres eran venteros.
¿Cómo era la vida en la venta?
Pues en la venta había que atender a los carreteros y también atender las tierras. Había días en que venían hasta seis o siete carreteros. Iban desde Molina a Monreal a comprar mercancias, porque en Monreal pasaba el ferrocarril, y luego volvían a Molina, donde había mercado los jueves y los sábados. En el medio hacían noche en Pozuel.
¿Cuáles eran los precios?
Pues por ejemplo, dejar una mula en la cuadra costaba dos reales; una caballería, una peseta; dos caballerías, dos pesetas… Luego, mi madre, por un poco más de dinero, les preparaba de comer: una gallina, vino… A los carreteros se les llenaba un saco de paja, y dormían ahí. En verano, en el patio, al raso; en invierno, en la cuadra. No había muchas comodidades. A mí, que era un niño, los carreteros me mandaban al pueblo a comprar tabaco, a casa de la tía María. Si el tabaco costaba 18 céntimos, ellos me daban 20, y yo me quedaba con los dos restantes de propina.
¿Recuerdas algo más de la venta?
Sí, también había algún carretero que se iba sin pagar de vez en cuando.
Háblanos un poco de la escuela.
Pues las escuelas estaban al lado de la Iglesia, en la parte izquierda si se mira de frente. Había una parte para los niños y otra para las niñas. En total habría más de 60 niños. Era muy mala, los bancos de madera eran muy incómodos. Los maestros eran un matrimonio, Doña Clotilde de Torrijo, y Don…, de Horrios. Tenían cinco hijos (María, Armando…) y cobraron unos 24 duros, que para la época no era mucho. Vivían subiendo hacia el castillo porque la casa de los maestros todavía no estaba construida. Aprendíamos a sumar, a escribir…recuerdo que teníamos una cartilla donde dibujábamos primero palotes y luego íbamos haciendo letras. Yo entré con 6 años y salí con 12. La mayoría de los chicos iban a la escuela. Pero cuando llegaban los azafranes, u otras labores del campo, muchos se ausentaban. Recuerdo que había un niño, Armando, el hijo del maestro, que se peleaba conmigo. Su hermana le ayudaba a dar leña, pero yo como tenía más fuerza, les ganaba siempre, y de paso le levantaba las faldas a la hermana.
¿Cómo os comportabais? ¿Hacíais la burla al maestro?
No le hacíamos la burla pero hablábamos mucho en clase. Cuando se enfadaba, nos pegaba en la mano con un puntero que tenía, je, je.
¿Y tú, eras un buen alumno?
Sí. Si, si el maestro no se hubiera ido cuando yo tenía 12 años, habría aprendido mucho más. De todas formas, aprendí más cuando estuve en la guerra, pues había un sargento que nos daba lecciones.
¿Y que hiciste cuando saliste de la escuela?
Mi padre murió en 1922, cuando yo era un niño. Así que con doce años dejé la escuela y me fui a trabajar. En la carretera, cargando carros de piedra. Como estaba fuerte, me pagaban como a un hombre, 5 pesetas. Veinte días, veinte duros. A mi madre le venía muy bien ese dinero. En el verano, iba a segar como jornalero, con el tío Paulino. Yo hacía las gavillas. Por la noche, me levantaban a la una de la madrugada para cargar los haces y llevarlos a la era. Así ganaba unas 300 pesetas en dos meses. También recuerdo de trabajar en la construcción de la casa que está enfrente de la báscula, acarreando la piedra desde la venta de abajo. Ahí me pagaban tres pesetas y me daban de comer.
¿Y que pasó con la venta cuando murió tu padre?
Mi padre murió en el 22. Mi madre se quedó sola, impedida (en silla de ruedas) y con tres hijos pequeños, por lo que no pudo seguir con la venta, y tuvimos que subirnos al pueblo. La venta, con las tierras, se la arrendamos a una familia de Morenilla. Así que éramos en total doce personas las que teníamos que comer de la venta: ocho personas ellos, y cuatro, nosotros. Al cabo de los años, en el 31, cuando yo ya era más mayor, y me podía hacer cargo de la venta, volvimos a bajar, y el negocio fue bien, hasta que empezó la guerra…
¿Cuándo fuiste a la guerra?
Yo me incorporé más tarde que los otros mozos, por ser hijo de viuda, concretamente el 11 de marzo de 1936. Estuve en pontoneros, haciendo puentes, junto con dos mozos más del pueblo. Gracias a Dios, los únicos tiros que pegué, fueron para pescar peces en el embalse: les tirábamos migas de pan y luego pum, pum.
¿Cómo recuerdas la guerra?
Tengo buenos recuerdos. Recorrí buena parte de España: Barcelona, Madrid, Zaragoza, Huesca, Sigüenza, Santander. Recuerdo que a veces conseguiamos despistar alguna oveja a los pastores cuando pasaban con el rebano por los puentes que habíamos montado, y que nos la cenábamos por la noche. Mucho mejor que el rancho! También despistábamos aceite y harina en alguna fábrica. Y le quitábamos tabaco a los moros. Por las noches, en Langreo, venían algunas “chicas”, y todos se querían marchar con ellas.
Pero no todos los mozos de Pozuel volvieron de la guerra, ¿verdad?
Es verdad. En la guerra mataron a unos 9 o 10 mozos del pueblo. Yo cuando volví, me casé, y me fui a Madrid, para trabajar como Policía. La venta ya no funcionaba como antes, porque ya no había tantas caballerías y carros como antes, debido a los coches y camiones.
¿Cómo pasabais el tiempo libre los mozos?
Pues los chicos jugábamos al frontón. Los domingos había baile, cuando las chicas salían del rosario, sobre las cinco de la tarde. El baile era en una cochera cerca de San Miguel y en otra por la calle baja. También había fiestas, aunque no eran exactamente como las de ahora. Celebrábamos fiestas para San Miguel (29 de septiembre), para los mártires (20 de enero), para el Santo Cristo, para carnaval, etc. La fiesta de los mártires la organizaban los casados, y la fiesta de San Miguel la organizaban los mozos. De mi quinta estaríamos unos diez mozos y mozas. Y jóvenes en total, unos cien. Así pues, para San Miguel los mozos nos juntábamos y comprábamos aguardiente, vino, algún cordero, melones, y lo comíamos entre todos. También organizábamos baile, con un gaitero de Bello. Por la mañana, íbamos a coger tortas y luego nos las comíamos. En total, eran tres días de fiesta. Los mozos pagábamos 10 pesetas y las mozas pagaban menos.
¿Y en el baile, cada uno bailaba con su novia?
Los que tenían novia, bailaban con su novia. Los que no, pues con la chica que se arrimase más, je, je.
En fin, ¿qué tiempos prefieres, ¿estos o aquellos?
Aquellos, porque era joven.
Si pudieras volver a nacer, ¿preferirías nacer en esta época o en la que naciste?
Yo que sé.

Buenas,
lo primero felicidades Tomás y muy bien Pablo, un gran testimonio para adentrarnos en como se vivía en el pueblo de hace años.
Ole por la entrevista, un buen trabajo y gracias por compartirla por aquí.
Comment by Gema — September 1, 2005 @ 4:35 pm
olé! estoy con gemuina. entrevista entrañable!
Comment by jio — September 2, 2005 @ 7:00 pm